domingo, 4 de junio de 2017

¡Una nutria en el aparcamiento!




Este relato da pie a explicar qué es la UME (Unidad Militar de Emergencias), qué medidas de protección adoptar ante inundaciones, incendios y terremotos, cómo evitar incendios y cuáles son las consecuencias.
He incluido un rescate de nutrias basado en hechos reales. Aunque la nutria adulta ha quedado ciega y la pequeña ha muerto, en este relato, el Comando Lobo conseguirá salvarlas. Al final, de la entrada encontraréis los enlaces a los blogs en los que se explican las historias verdaderas.
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Cuenta la mitología griega que Zeus, el más poderoso de los dioses, solía lanzar rayos cuando se enfadaba, pero la tormenta de aquella noche había sido tan tremenda que más parecía que se le hubiera volcado la caja donde guardaba los temporales y hubieran caído sobre la tierra: relámpagos, truenos, centellas y agua y más agua.
Al amanecer, la tormenta se había marchado furiosa hacia el sur y Soria se despertaba soleada, limpita y brillante después de la lluvia. Todos los pájaros de la ribera del Duero daban los buenos días con sus trinos más alegres. El martín pescador y el mirlo acuático se zambullían como flechas en el agua y, al instante, emergían con un pez en el pico.
 
Martín pescador
Mamá nutria estaba muy contenta, había salido de la madriguera con sus pequeños para que nadaran un rato en el río. Allí, jugaban, se sumergían, perseguían pececillos y se reían con su risita de nutria. Mamá los colocaba sobre su tripa y los paseaba como si fuera una barca hasta que llegaba papá con un desayuno de cangrejos americanos. Era una familia feliz. 
En cambio, ahora, el chaparrón había llegado a Roquetas y llovía sin parar. Desde sierra Nevada bajaban grandes torrenteras de agua que corrían desbordadas como si tuvieran mucha prisa por encontrarse con su amigo el mar y darse un gran abrazo de olas y espuma. 


Con las calles convertidas en ríos y las casas inundadas, los bomberos tenían una inmensa tarea achicando agua y rescatando a conductores atrapados en los coches. La policía había entrado en el colegio «La Romanilla» para comprobar que todos estaban bien y decirles que permanecieran allí. El ruido de un helicóptero volando bajo llamó la atención de los alumnos y se asomaron corriendo a la ventana.
— ¡Hala, qué chulo! ¿Dónde va? —preguntó LAIA.
—Es un helicóptero del ejército. Seguramente, hay una operación de salvamento en alta mar. Serán de la UME.
—Y esos, ¿quiénes son? —quiso saber ÁLEX.
—La UME es la Unidad Militar de Emergencias —explicó SUSANA—. Son los soldados  expertos en salvamento, extinción de incendios, terremotos, inundaciones...
— ¿Son agentes especiales como nosotros? —preguntó ERICK.

—Son agentes especiales, sí; pero vosotros, de protección de la naturaleza; y ellos, de rescate en situaciones complicadas de desastre/catástrofe —les aclaró Cristina.
— ¡Ah! Pues a mí también me interesa el rescate porque cuando hay una inundación ¿qué pasa con los animales? —La pregunta de LAURA había dejado a sus compañeros muy pensativos.
—Podríamos ir al cuartel general de la UME para hablar con esos soldados y que nos expliquen cómo son sus misiones —propuso AURORA como quien no quiere la cosa.
—Me parece bien. Mandaremos una carta y veremos qué nos contestan —aceptó Cristina.
Decididos como son estos chicos se sentaron en corro y escribieron una carta explicando que eran los Agentes del Comando Lobo para la Protección de la Naturaleza y el porqué tenían tanto interés en visitarlos. 

—Señorita, ¿puedes corregir la ortografía, por favor? — pidió IVÁN a la maestra—. Es que un escrito con faltas queda muy mal, y seguro que no nos hacen caso.
Tras revisarla, Cristina la envió a Madrid. Los niños preguntaban cada día en secretaría si había llegado una carta de la UME para ellos; pero nada, pasaban las semanas sin que recibieran la contestación. Cuando ya casi se habían olvidado, una mañana, entró el cartero preguntando si aquella era la dirección del Comando Lobo. 
—Sí, sí, es aquí —contestó rápidamente JAZZMIN que casualmente había ido a buscar folios a secretaría —. Yo soy del Comando Lobo.
—Muy bien, chiquita, ¿puedes demostrarlo con algún documento?
—Pues claro—afirmó JAZZMIN mientras sacaba del bolsillo su carnet de Agente Especial—. Mire la foto, esta soy yo, ¿no? ¿Y ve como aquí pone «Comando Lobo»?

— ¡Anda, es verdad! Estupendo. Pues firma en este recuadro —dijo señalando el lugar—, y aquí tienes la carta.
—Gracias, señor cartero. Me voy. Tengo prisa. —Y salió disparada en dirección a su aula—. ¡Ya ha llegado la carta! ¿Os lo podéis creer?
Cristina pidió a JULIO que la leyera en voz alta. Con las manos temblorosas por la emoción rasgó el sobre y sacó la hoja.
—Seño, aquí hay unas palabras raras que yo no sé qué significan: simu… ¿si-mu-la-cro?
—Déjame ver —dijo Cristina—. Al parecer no quieren que vayáis de visita —las caras de los niños se ensombrecieron—, ¡el Jefe de la UME solicita vuestros servicios como Agentes Especiales! ¡Vais a participar en un simulacro de terremoto! —Los chicos la miraban desconcertados sin comprender—. Un simulacro es como un teatro. Harán una representación de un terremoto y os rescatarán. ¿Qué os parece?
—Creo que ya lo entiendo: son unas prácticas, ¿no? —dijo ISABELLA.
—Eso mismo, pero con personas de verdad.
— ¡Yo me apunto el primero! —gritó ALBERTO desde el fondo de la clase. Y con él, se apuntaron todos los demás. Nadie quería perderse una experiencia tan interesante. 

Dos semanas después, llegaban a la base de militar de Zaragoza. Un soldado les acompañó al Centro de Mando donde les esperaba el jefe de la UME. Era un hombre de mediana estatura con el pelo entrecano, bigote bien cuidado y mirada de halcón. Los soldados que se cruzaban con él se cuadraban y lo saludaban con mucho respeto. Al ver entrar a los niños, se dirigió a ellos con paso firme.
— ¡Bienvenidos, chavales! Me alegro de conoceros —saludó con una amplia sonrisa—. Soy el teniente general Miguel Alcañiz, pero vosotros podéis llamarme Miguel —añadió en tono amable guiñándoles un ojo en señal de amistad.

Teniente general Miguel Alcañiz
 Los niños se habían quedado mudos y observaban atentos la bulliciosa actividad del Centro de Mando: se contaban más de veinte ordenadores y militares trabajando frente a ellos consultando mapas y datos que aparecían, a cada instante, en unas grandes pantallas que cubrían la pared.
—Venid conmigo. Os enseñaré la base. —Los distintos cuerpos que iban a participar en el simulacro se estaban preparando, y Miguel les fue explicando qué brigadas eran y cuál era su cometido—. Prestadme atención, chicos. En estas prácticas estamos imaginando que se produce un terremoto y debemos salvar a los ciudadanos. Supongamos que unos niños se han quedado atrapados en la escuela, vuestra misión es actuar como los alumnos de ese colegio; y la nuestra, rescataros.
Sabéis qué hacer en caso de terremoto, ¿verdad? Como vosotros sois Agentes Especiales esperamos que ayudéis a los demás niños del colegio. Les enseñaréis a ponerse a salvo y a tranquilizarse, ¿de acuerdo?
¡En marcha, Comando Lobo! La alférez Eva os llevará en helicóptero hasta el lugar del simulacro. 

— ¿Una chica puede llevar un helicóptero? —preguntó SOFÍA con los ojos muy abiertos ante la sorpresa.
—Pues claro, ¿por qué no? Si tiene los conocimientos técnicos, puede pilotar un avión, un helicóptero, un tanque o lo que se proponga.
—A mí, me gustaría ser piloto. ¿Qué tengo que estudiar, Eva? —le consultó ELENA.
—Matemáticas, Física, Inglés, Ingeniería Aeronáutica… materias de ese tipo.
— ¿Mates? Y yo que pensaba que eso no servía para casi nada —murmuró IKER.
— Las Mates están por todas partes, y el Inglés, la Física, la Informática… Imagina que en un rescate quieres echar un cable desde una torre de 20 metros de altura hasta un camión que está en la calle a 30 metros. ¿Cómo sabrás cuántos metros de cable necesitas si no puedes medir la distancia? —IKER levantó los hombros como diciendo: «Ni idea».


Es fácil si sabes matemáticas. Se puede calcular con una fórmula que descubrió hace muchísimos años un griego llamado Pitágoras. Necesitaríamos treinta y seis metros de cable.
— ¡Qué chulo…! Ahora que veo para qué sirven, me caen mejor las mates —admitió IKER.
—Vámonos, chicos. Es la hora. No podemos llegar tarde al terremoto, ¿qué pensaría de nosotros? —dijo Eva muy seria; luego, se echo a reír. 

 Subieron a un helicóptero militar con capacidad para los veintiséis alumnos y la maestra. Eva arrancó el motor, las hélices empezaron a rotar, el ruido ensordecedor hizo que los niños se taparan los oídos con las manos. Al notar que dejaban el suelo en el despegue, se miraban unos a otros excitados, con los ojos entornados como si así amortiguaran el estruendo, los dientes apretados, los puños cerrados, pero sonriendo por la emoción.
— ¡Qué cosquillitas en el estómago! —gritó DALILA riendo.
— ¡Qué pequeñajos se han quedado todos ahí abajo! Parecen hormigas —chilló VÍCTOR.
Diez minutos después, aterrizaron en el patio de un colegio. Rápidamente, saltaron del helicóptero y corrieron hasta el edificio. El director les llevó hasta un aula donde había otros niños.
—Estos son los Agentes Especiales del Comando Lobo. Prestad atención porque os explicarán qué debéis hacer en caso de terremoto. 

—Hola, amigos —saludó BLANCA—.  Hoy escucharemos una sirena en lugar de un terremoto de los de verdad, pero si lo hubiera, notaríamos que tiembla el suelo y las cosas se mueven
—Entonces, debemos alejarnos de ventanas, muebles y lámparas porque pueden romperse y caer sobre nosotros —añadió JAIME—. Lo mejor es esconderse debajo de una mesa.
—No intentéis salir corriendo en ese momento ni cojáis el ascensor por si se queda parado y no podéis salir —les aconsejó CÉSAR.
En ese instante, el silbido de una potente sirena los sobresaltó. Los niños se levantaron bruscamente de las sillas haciéndolas caer con gran estrépito y empezaron a chillar.
— ¡Todo el mundo lejos de las ventanas y debajo de los pupitres! ¡Protegeos la cabeza con los brazos! —ordenó SUSI.

Foto: Simulacro de terremoto
 —Calma, calma —los tranquilizaba TAREK—. Es mejor no gritar. Eso os pondrá más nerviosos. Si hay polvo, os picará un montón la garganta y no os dejará respirar.
— ¡Atención, amigos! —dijo DAVID cuando calló la sirena—. Si el cole estuviera destruido y nos hubiéramos quedado atrapados, tendríamos que gritar o dar golpes con algo para que las personas de fuera puedan oírnos.
A ratos llamaban pidiendo socorro, a ratos hacían ruido, luego escuchaban. Como el tiempo pasaba sin que nadie les contestara, dos niños de tercero de primaria empezaron a gimotear.
—No lloréis, es normal tener miedo —les tranquilizaba NORA—. Ya veréis: en cualquier momento, llegan los equipos de rescate con sus perros y nos sacan de aquí.
Casi al instante, se escucharon unos golpes desde el exterior. Los chicos gritaron y golpearon con todas sus fuerzas. De repente, un pastor alemán entró como un rayo en la clase, los olió moviendo la cola tan contento y empezó a ladrar.
— ¡Buen perrito! Nos has encontrado —Lo felicitó AMIR abrazándolo.
Enseguida aparecieron los soldados de la UME.
— ¿Estáis bien, muchachos? —Los niños asintieron con la cabeza—. Vamos a bajar por la escalera despacito y sin encender las luces que es peligroso. ¡Ánimo, valientes!
Nada más llegar al patio, otra vez, sonó el pitido de la sirena.
— ¡Es una réplica (un nuevo terremoto)! —los advirtió Cristina—. ¡Chicos, alejaos de edificios, árboles, muros y postes de la electricidad! Nos quedaremos aquí, en el centro del patio.

Foto: El comercio
 La sirena del terremoto calló al cabo de poco; en cambió, se escuchaban sirenas de ambulancias, coches de bomberos y de policía; también, ruidos de excavadoras y de helicópteros.
Muchísimas personas participaban en el rescate: bomberos apagando fuegos, médicos y enfermeras atendiendo a los heridos, policías organizando el tráfico de vehículos y materiales, voluntarios de protección civil repartiendo comida y mantas, vecinos y soldados buscando a gente atrapada…
Los niños observaban con interés tanta actividad, mientras el soldado les explicaba qué hacía cada brigada, hasta que llegó Eva con su helicóptero para trasladarlos a un lugar seguro.
— ¡Subid! —les ordenó Eva— Aquí, Golondrina. ¿Me recibe Centro de Mando? Recogido  grupo de escolares. Procedo a evacuarlos a la base de Zaragoza. 

—Aquí, Centro de Mando. Aborte evacuación. Se ha producido un incendio en Soria y necesitamos que haga un reconocimiento rápido.
—Aquí, Golondrina. Recibido. —Eva cortó la comunicación y cambió el rumbo—. Atención, Comando Lobo. Nos dirigimos a Soria en una misión urgente. No es un simulacro. Repito: no es un simulacro. Sobrevolaremos un incendio para informar de la extensión y situación del fuego.
— ¡Anda, una misión de verdad! —exclamó JULIA ilusionada ante una nueva aventura.
Inmediatamente, los Agentes Especiales se habían puesto en tensión y miraban por las ventanillas atentos a cualquier indicio de fuego.
— ¡Allí! ¡Allí hay humo, Eva!  —CAROLINA fue la primera en divisar el fuego.
— ¡Mirad: hay hidroaviones y helicópteros descargando agua sobre el incendio! —dijo LAIA.

Grandes llamaradas quemaban las choperas y los cañaverales que bordeaban las orillas del río Duero y se extendían con rapidez por las colinas cercanas. Desde el aire veían a los corzos y a las cabras huir en estampida. Bandadas de aves abandonaban sus nidos dejando en ellos a los pollitos.
— ¿Y qué pasa con los animales que no pueden volar o correr más rápido que el fuego? —preguntó ÁLEX con el ceño fruncido.
—Se morirán quemados o asfixiados por el humo—se lamentó SUSANA con amargura.
Eva ya había informado por radio sobre la evolución del incendio y se disponía a trasladar a los niños a Zaragoza.
—Eva, por nosotros no os preocupéis. Preferimos quedarnos en Soria. ¿No es mejor que nuestro helicóptero también eche agua mientras sea de día? —propuso ERICK con cara de súplica.
Cuando el Centro de Mando les dio la autorización, se fueron al embalse de la Cuerda del Pozo y llenaron el helibalde (depósito) de agua sobrevolando la superficie azul verdosa.
—Este pantano rodeado de playas y pinares parece un lago. No entiendo que haya gente capaz de destruir esta naturaleza tan bonita —suspiró LAURA con tristeza.

Hasta el anochecer habían descargado seis depósitos de agua y, entre todos, habían apagado el fuego. Sin embargo, por la emisora de radio llegó una nueva petición de auxilio de lo más inusual.
—Atención: vecinos del barrio «Los Pajaritos» han visto una nutria en el aparcamiento. ¿Alguien en la zona puede echar un vistazo? La nutria es un animal protegido.
—Esta es una misión para el Comando Lobo —exclamó IVÁN sin pensarlo dos veces—. ¡Por favor, Eva, llévanos enseguida!
—Aquí, Golondrina a Centro de Mando. Estamos aterrizando en el Estadio de Fútbol «Los Pajaritos». Exploraremos la zona a pie.  
Por las redes sociales se había extendido la noticia del avistamiento de la nutria, y también había otras personas buscándola. El Seprona y la Policía Local recorrieron las zonas quemadas y el Comando Lobo acompañó a unos naturalistas que se llamaban Manuel y Laura hasta unos jardines cercanos.
Los agentes especiales se desplegaron y quiso la suerte que encontraran al animalito.
—¡¡La nutria!! —exclamó AURORA —. La he visto correr cerca del sauce llorón.
—Ya sabéis: hay que rodearla poco a poco —susurró JULIO para que no lo oyera.
—Sí, y luego la invitamos a trucha para convencerla de que se deje coger, ¿no? —bromeó ISABELLA.
Capturarla no iba a resultar sencillo porque la nutria estaba muy asustada y bufaba y enseñaba sus dientes amenazándolos. Suerte que Manuel era de lo más valiente y se lanzó sobre la nutria como un tigre sobre su presa y la envolvió con una chaqueta rápidamente. Después, con mucha dificultad, la metieron en un transportín. 

—Tiene una herida en la cabeza. ¿Qué harás con la nutria, Manuel? —quiso saber ALBERTO.
—Pues pensaba entregarla al SEPRONA, lo malo es que en Soria no tienen servicio de recuperación. Hasta mañana no la llevarán al Centro de Recuperación de Burgos
— ¡Mañana puede estar muerta! Es una vergüenza que no haya ni siquiera un veterinario de urgencias —se quejó SOFÍA levantando las manos al cielo para expresar lo increíble que le resultaba.
—Tienes razón. Mejor nos quedamos con ella hasta mañana. Intentaré que un veterinario amigo mío la cure —dijo Manuel sacando su móvil—. Avisa, también, a Valentín y a David para que la fotografíen —le dijo a Laura.
—Nosotros te acompañamos, ¿vale? —le suplicaron IKER y ELENA.
Y todos juntos se acercaron hasta la clínica de su amigo José Luis. Aunque la nutria estaba muy enfadada y mordió a Manuel dos veces, consiguieron anestesiarla para curarla.
— ¿Sabéis que se ve en la radiografía? Es para echarse a llorar de la rabia. Le han disparado y tiene nueve perdigones en la cabeza, uno en el ojo.
—Pobrecita nutria… —se compadeció DALILA con un nudo en la garganta.
— ¿Es una chica verdad? —preguntó VÍCTOR.
—Sí, es una hembra y tendría cachorros porque es época de cría —respondió Manuel.
—Pues deberíamos buscarlos o se morirán sin su madre —dijo BLANCA preocupada.
—Es de noche y, además, se ha quemado toda la ribera; será muy difícil encontrarlos —concluyó CÉSAR apesadumbrado.
—Quizá no tanto, yo ya había fotografiado a esta nutria. La reconozco por la herida en la cabeza. José, Flori y Lourdes suelen observar la fauna del Duero y descubrieron su cubil por casualidad —explicó Valentín a Manuel—. Podemos preguntarles si nos acompañan, aunque a estas horas de la madrugada…
Tardaron unos minutos en contestar al teléfono, pero a los niños les parecieron los minutos más largos de su vida. Aunque Flori estaba medio dormida, al escuchar lo que le había sucedido a la nutria, saltó de la cama como si tuviera un cactus dentro, y en nada, estaba a orillas del río buscando a las pequeñas nutrias con su hija, Lourdes, y todos los demás.
Caminar resultaba muy complicado, el incendio había abrasado todas las plantas y a muchos animales. El olor a ceniza y a muerte daba una angustia horrible. Los chicos se pusieron un pañuelo en la boca y se desplegaron con José y Cristina para registrar la zona que les habían indicado Flori y Lourdes. La luz de las linternas era escasa y tardaron bastante en encontrar a una de las crías.

—Tiene quemadas las vibrisas (bigotitos), las almohadillas de las patitas y la nariz—explicó SUSI con la pequeña nutria en brazos.
—Debe de dolerle un montón —dedujo AMIR con lágrimas de pena en los ojos.
—Está muy fría. Me quitaré el jersey para abrigarla. —Decidió TAREK.
—Espera, yo tengo una toalla en el coche. Voy a por ella —dijo Flori.
Mientras, Lourdes y los niños acariciaban a la pequeña nutria para darle calorcito y ánimos. Respiraba con mucha dificultad.
—No te asustes de nosotros. Ahora, te llevaremos con tu mamá —la consoló DAVID.
Flori la envolvió en una toalla, sin embargo, no sabía muy bien qué más hacer con ella. Entonces, se acordó de que conocía a Silvia, una veterinaria especialista en fauna salvaje, y la telefoneó para pedirle consejo. Con la ayuda de Silvia y José Luis prestaron los primeros auxilios a la nutria bebé y la dejaron junto a su madre.
El sol empezaba a asomar por detrás del Moncayo. Sin darse cuenta habían pasado la noche entera en operaciones de rescate. Se fueron todos juntos a desayunar a una de las tiendas de campaña que la UME había montado en «Los Pajaritos».
— ¿Alguien sabe cómo ha empezado el incendio? —quiso saber NORA.
—Sí, quemando carrizales —dijo Miguel Alcañiz que andaba, también, por allí tomando un café—. El padre incendiaba y el hijo disparaba a todo lo que salía huyendo. 
— ¡¿Es que no saben que entre los carrizos, las espadañas, los juncos y las cañas anidan muchos pajaritos y tienen su madriguera algunos animales como las nutrias?! —exclamó la mar de enfadada JULIA.
—Claro que lo saben, pero les da igual. A estos individuos solo les importa divertirse.
— ¿Qué pensaría ese chico tan gamberro si le pegaran un tiro a su madre? ¿Le divertiría que incendiaran su casa? ¿Le gustaría morir quemado? —preguntó CAROLINA desafiante—. ¡Pues a las nutrias tampoco les gusta!
—La bromita les va a salir cara. De momento, están en prisión —explicó Miguel.
—¡Ya!, pero las arboledas están quemadas y tardarán muchísimos años en volver a crecer y costará una barbaridad que vuelvan los animales si no hay donde vivir ni nada que comer —se lamentó JAIME.

—Tengo una idea: podríamos venir con Antonio, que es un «médico de los árboles», y los ingenieros de montes de Soria y ayudar a repoblar toda la ribera —sugirió CAROLINA.
—Es una idea estupenda —Admitió Cristina.
—Y que traigan también a los dos pirómanos para que vean el desastre que han hecho y que trabajen hasta que las plantas vuelvan a estar como antes —dijo JAZZMIN muy seria.
—Y si no trabajan, ¡los tiramos al río y en paz! —añadió JULIA.
—No, al río, no. En Soria, se tiran a la laguna Negra que es un lago muy frío y profundo y de allí no sale nadie —comentó Manuel medio en broma.
— ¿De verdad? —preguntó ÁLEX sin acabar de creérselo.
— ¡Qué va! Es una laguna preciosa de alta montaña, lo que pasa es que tiene sus leyendas… Aunque ahora necesitamos dormir, esta tarde, me gustaría llevaros a la laguna Negra para que tengáis un recuerdo bonito de Soria —les propuso Manuel—. ¿Qué os parece?

Laguna Negra - Soria

Manuel miró a los niños; los niños, a Cristina; Cristina, a Eva; Eva al teniente general.
— ¡No me miréis todos así! Parece que me estéis encañonando… —Se echó a reír Miguel—. Está bien. Eva ha cubierto las horas de vuelo y es necesario que descanse. Si el fuego no se reaviva, podéis subir a la laguna por la tarde. Ahora, a dormir. ¡Es una orden!
— ¡Sí, señor! —contestaron todos a una entre risas y se fueron corriendo a la tienda de descanso. A las cuatro de la tarde, el Comando Lobo sobrevolaba «Pinar Grande» en dirección a la laguna Negra.
—Esa mancha verde es el bosque más grande de Europa —les señalaba Manuel desde el helicóptero—, y ese río, el Duero. Todavía es pequeño porque ha nacido en aquellas cumbres nevadas que se llaman picos de Urbión. Y ahí está el embalse de La Cuerda del Pozo.
—Desde luego, Soria es un paraíso para las nutrias —pensó en voz alta LAIA.
—Esperemos que Duerita y Numancia —así habían llamado a las nutrias—, puedan volver pronto al Duero —deseó AURORA, y su deseo era el de todos.
Y volvieron; pero las liberaron en la parte alta del río, lejos de las personas.


Duerita y Numancia


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La verdadera historia de Duerita, la nutria tiroteada a orillas del Duero en Soria. 
La verdadera historia de las crías de nutria quemadas en las espadañas del Duero en Zamora.

Quiero agradecer los esfuerzos realizados para salvar a las nutrias a: Manuel Meijide, Laura, José Luis Serrano (Clínica Veterinaria), Valentín y David Guisande, Flori Pérez, Lourdes Hernández, José Barrueso, Silvia Martín (veterinaria del Centro del Lobo de Robledo), SEPRONA, Policía Local y a los vecinos que informaron sobre su paradero a través de las redes sociales.

Agradezco también la labor de cuantas personas participan en tareas de rescate: UME, Cuerpo de Bomberos, BRIF,  Protección Civil, Cuerpos de Seguridad, Cruz Roja y tantos otros.

Algunas de las fotografías proceden de la página de la Unidad Militar de Emergencias.



miércoles, 17 de mayo de 2017

Mujer de agua, alma del río Duero

         En este relato se trata el tema de las parejas posesivas y se intenta hacer comprender que las personas no son objetos que se puedan poseer. A veces, se llega a quebrar a la pareja, pero nunca se consigue obligarla a amar, pues el amor y la voluntad son libres y no se pueden forzar.

         Esta entrada es adecuada para niños de segundo ciclo de ESO y de Bachillerato. No está protagonizada por el Comando Lobo.

Fotografía del blog: El rincón del trotamundos

8 de agosto. Castillo de Gormaz (Soria).

Lo sabía. Siempre lo he sabido, pero la razón no quería admitirlo. Desde pequeño, una extraña sensación me estremece cuando cruzo el puente sobre el río Duero y me dirijo al castillo; la brisa silba misterios que no entiendo, los peñascos callan antiguas historias, la fortaleza guarda secretos. Estoy sentado aquí arriba, con la espalda contra una de las torres de su muralla, intentando ordenar mis pensamientos. Desde este lugar privilegiado tomo distancia de los problemas, parece como si el viento peinara las ideas y todo se viera más claro; sin embargo, hoy los recuerdos se pelean con la razón.

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Unas semanas antes. 21 de junio. Castillo de Gormaz.

— ¿A qué hora llegarán los técnicos de la fundación, Rodrigo?
—A las cinco. ¿Has reunido toda la documentación sobre el castillo?
—Casi. Me gustaría conseguir unos planos que se conservan en los archivos del Burgo de Osma. Creo que contienen datos significativos para la restauración.
—Sigue intentándolo. ¿Tienes controlada a tu chica?
— ¡Qué cachondo eres! A Elvira no hay quien la controle, ella es el chef y manda a todos.
—Ya me entiendes, me refiero al catering.
—Eso no será un problema, lo tiene todo previsto.

La caja que financiaba la restauración había enviado a su equipo de técnicos para supervisar las actuaciones. La tarea estaba resultando ardua; tanto por el estado lamentable en el que se encontraban las ruinas como por la extensión del castillo: casi medio kilómetro de punta a punta, setecientos metros de muralla, veintiocho torres, las estancias palaciegas... La inspección sobre el terreno duró toda la tarde y, al anochecer, bajamos a cenar al campamento instalado a orillas del río Duero.
—Pero... ¿qué es esto? —preguntó Rodrigo con el rostro desencajado.
Pendones, mesas de madera, troncos por asiento, platos de barro, candelabros... aquello parecía un campamento medieval. De repente, apareció Elvira vestida al estilo de una dama de la corte.
—Estimados amigos, sed bienvenidos —Hizo una gran reverencia—. Hemos querido daros una pequeña sorpresa con este banquete medieval para celebrar la restauración de nuestro bienamado castillo de Gormaz.
A un gesto de su mano, aparecieron camareros, músicos y bailarinas con atuendos de la época. Rodrigo observaba preocupado la reacción del consejero.
—Os propongo que también vosotros os vistáis al uso del siglo décimo para esta fiesta. Mirad, hemos encargado trajes para todos —Elvira sonreía señalando una barra llena de ropajes.
El consejero miró a Rodrigo, Rodrigo al consejero. No podía articular palabra, solo levantó ligeramente los hombros como diciendo: “Soy inocente”. Yo, que tampoco sabía nada de aquel montaje, quería fundirme porque temía que echara al traste todo el proyecto.
Elvira, que no se arredra ante nada, seguía a lo suyo.
—Señor consejero, creo que usted sería un magnífico Cid Campeador.

El consejero podría representar al Cid Campeador

Todos estábamos fuera de juego esperando su reacción. Él se dio cuenta y soltó una gran risotada.
— ¡Hágase! ¡Vengan esas galas, señora, y que empiece el banquete! —exclamó, y se fue con Elvira a escoger sus ropajes.
—Si esto no acaba bien, recuérdame que te asesine —murmuró Rodrigo tras una sonrisa forzada y unos dientes que rechinaban.
No sé si fue por la majestuosidad del castillo que se erguía a nuestro lado, por la belleza del Duero o porque esa noche empezaba el verano, pero todos acogieron la idea con entusiasmo y muchas ganas de divertirse. 

Elvira
Elvira lucía como una estrella en el cielo. Siempre he pensado que la indumentaria es perversa y me explico: un traje de seda grana y plata la cubría casi por completo, pero realzaba maravillosamente sus curvas, un velo enmarcaba su rostro moreno en el que chispeaba una mirada intensa. Sonreía seductora y divertida. Era Elvira. La conocía y no la reconocía, al mismo tiempo. Era ella y no era ella, o quizás, era ella más que nunca: mujer femenina y sensual en estado puro. Aunque me acerqué con intención de besarla, se escabulló con no sé qué excusa del maquillaje.
—Ahora no. Toma, verás como he escogido bien tu traje –dijo mientras me entregaba mis vestiduras, y se fue.
¡Otra vez esa punzada que me atenaza el estómago! igual que cuando la abrazo. La abrazo para sentirla, la abrazo más fuerte para sentirla mía; sin embargo, es como querer retener agua entre las manos; al final, se escapa toda. Sí, ahora que lo pienso, Elvira es como el agua; no puedo poseerla, no puedo atraparla y quedármela, se me escapa.

Rodrigo me sacó de estas cavilaciones.
— ¿Tú de qué vas?
—Ni idea. Vamos a ver —contesté desplegando la ropa—. ¿Qué? ¿Un bandolero? ¡Ella va casi de princesa y para mí ha traído un disfraz de bandolero? Y encima ha dicho que ha escogido bien.
—De bandolero... o sea: un canalla... y los canallas ¿qué hacen? Canalladas, ¿no? Bueno, no es tan malo, es como si te hubiera dado patente de corso.
— ¡Ah, pues visto así…!
Enfundado en mi traje me sentía distinto, el estado de ánimo era otro. Yo era otro, Rodrigo también, con paso arrogante nos dirigimos a la fiesta.



Elvira había tomado el papel de anfitriona y, sentada junto al consejero, le explicaba cada uno de los manjares mientras este, hombre culto y de refinado paladar, apreciaba tanto el plato como su documentación histórica y gastronómica. Se diría que los dos estaban en su salsa. Los demás reían ya por efecto de los sorprendentes brebajes que nos habían servido.
—Rodrigo,  ¿quién es la chica del vestido dorado? La que está tumbada sobre la hierba y mira hacia aquí, ¿la ves?
—Sí, ya lo creo. ¡Vaya bombón! Lástima, no la conozco.
—Eso tiene fácil solución. ¿No somos bandoleros? ¡pues al asalto! —le dije echándole el brazo sobre la espalda y empujándolo.


Marisol

—Saludos, mi reina —le solté mientras hacía una reverencia de los tiempos de María Castaña—. Porque debéis saber que para nosotros ya no hay más reina que vos.
—Soy la reina de los mares y del cielo, también —contestó distante, casi hierática, muy en su papel. Esa reacción tan fría me cortó un momento, mas pensé que nos seguía el cuento y continué la faena.
—Y tan hermosa dama, ¿cómo se llama?
—Marisol.
— Mar... y sol... ¡Claro! No podía ser de otra forma siendo la reina de los mares y del cielo. ¿Permitirá su alteza que estos pobres vasallos la inviten a una copa?
Su móvil empezó a sonar.
—Perdonad –se excusó. Luego se fue. 
Tenía unos ojos fascinantes. Sí, fascinantes es la palabra, porque aquellas largas pestañas y aquella mirada de agua marina entre azul y verde me habían poseído.

La cena había sido acogida con tanto éxito, que decidimos mantener la recreación medieval durante unos días. Elvira había terminado de recoger y se marchaba a Soria.
—Hola, cariño. Nosotros volvemos al restaurante. Nos vemos después.
Me dio un abrazo y un beso, de esos espléndidos.

Castillo de Gormaz. Fotografía de Lugares con historia

        Ahora que lo pienso, todo era extraño. ¿Quién era Marisol? ¿Fui yo quién tomó la iniciativa o fue ella quien me provocó y yo caí como un imbécil? ¿Por qué estaba tan molesto con Elvira? ¿Porque no podía dominarla? ¿Porque no me fiaba de ella? Bien pensado, no me había dado ningún motivo para desconfiar. No sabía lo que me sucedía, era una desazón que me volvía loco, supongo que por eso decidí hacer rabiar a Elvira y buscar a la tal Marisol.
La vi subiendo al castillo. ¿Dónde iba? ¿Había olvidado algo aquella tarde?
— ¡Marisol! ¿Permite su alteza que la acompañe? Por su seguridad..., está muy oscuro.
— ¿Y con un bandolero estaré más segura? ¿Qué me robarás las perlas o el corazón?
—No podría escoger porque sois bella como una perla y tendría que llevaros entera con corazón incluido.
Me había quedado de cine, ¿no? De película medieval, claro. Ella empezó a reír mientras una niebla espesa lo envolvía todo y desapareció, en ese instante, creo que perdí la consciencia.



Día 22 de junio. A la puerta del castillo de Gormaz.

Chaval, bonita resaca. ¿Cuántos brebajes tomaste ayer, eh? ¡Espabila! —gritaba Rodrigo que no es precisamente delicado despertando a los demás—. ¿Qué demonios haces en el castillo?
—No lo sé. Anoche estaba aquí con Marisol y desapareció.
—Sí, sí, claro... pero tú tranquilo que eso es normal; es lo que tienen los brebajes medievales que cuando se acaban desaparecen las damas de la corte. Bajemos, que no sé ni cómo se me ha ocurrido subir hasta aquí a buscarte. A ver qué le explicarás a Elvira. La tienes la mar de contenta.
Todo era confuso, la verdad es que nada tenía sentido. ¿Había bebido demasiado? ¿Lo había  soñado? Entonces, ¿por qué estaba a la puerta del castillo? Al menos le había tocado la fibra sensible a Elvira..., el caso es que eso tampoco me hacía sentir mejor.
¿Qué había sucedido? Aunque Busqué a Marisol para preguntárselo, no la encontré en todo el día, nadie parecía conocerla. Estaba intrigado. Al atardecer la descubrí paseando a orillas del Duero.
 — ¡Marisol! ¿Dónde vas? ¿Te vienes de marcha?
—No — respondió un “no” simple, directo. Y ahora ¿qué? Cambio de táctica.
—La verdad es que a mí tampoco me apetece mucho jaleo, te he seguido porque me gustas.
—No me conoces, ¿cómo puedes saber si te gusto o no?
—Pues lo sé, me gustas, llevo todo el día buscándote, estoy obsesionado, quizá me esté enamorando —Contesté. Usar el amor siempre ha dado resultado con las mujeres.
—Cuidado: el amor es como el agua, que cala y embruja.
Y diciendo esto empezó a llover tan fuerte que la cortina de agua no me dejaba ver nada. Se me había escapado otra vez. Chorreando y cabreado regresé al campamento.


Castillo de Gormaz

Día 23 de junio. En las excavaciones del castillo de Gormaz.

—Rodrigo, te aseguro que esa mujer desaparece.
—Sí, hombre. Estás zumbado, di que no sabes ligar y que las chicas huyen de ti. De seguir así, se acaba la restauración y a la tal Marisol, ni probarla.
— ¡Calla! ni me lo recuerdes que cada vez estoy más negro. Tiene que ser mía. Te lo juro. Esta noche la espero cerca del río y...
Pasada la media noche la sorprendí bañándose en el río. Esperé a que saliera del agua.
—Marisol, ¿esta noche también desaparecerás?
— ¡Qué bandolero tan obstinado! —exclamó con fastidio.
—Sí, el que la sigue, la consigue. Y yo estoy empeñado en conseguirte.
—No puedes. Las mujeres no se poseen.
—Sí, puedo –de mi garganta salió una voz extrañamente grave que no reconocía como mía.
—Entonces, además de un bandolero terco, serás un canalla. Muy propio de los bandoleros.
La cogí con fuerza del brazo para que no pudiera escapar. Ella me miró con unos ojos azules sobrenaturales, mientras se fundía como el hielo entre las llamas. En la superficie del río veía reflejada su imagen y aquella mirada glacial que se había clavado en mí y que me estaba congelando por dentro.
—Puedes quebrar a una mujer, pero no por ello la harás tuya. La voluntad y el amor son intangibles, jamás podrás sujetarlos a tu antojo —me advirtió antes de diluirse por completo.
¡Qué rabia! Rabia porque la maldita tenía razón. Y lo peor no es que ella no fuera fácil, sino que yo era un estúpido.

Mujer de agua


 Día 24 de Junio. Media noche cerca del puente árabe que cruza el río Duero.

—Marisol, espera. Solo quiero hablar contigo —Ella no, y se iba sin hacerme caso.
—Eres un pesado. ¿Crees que puedes arrebatarme por la fuerza lo que no estoy dispuesta a darte? ¿De verdad vale algo para ti si tienes que exigirlo? —preguntó retadora.
—No, no vale nada —admití en tono de rendición.
—Recuerda —su voz tenía el sonido de las olas del río—
          El amor es como el agua,
          que penetra y embruja,
 y solo tiene sentido
                    si tú quieres ser el mar
          y ella desea ser la playa.
Entonces te esperará
                    siempre dispuesta a acogerte,
          arribes en suaves olas,
rompas embravecido
          o llegues cansado buscando una playa donde descansar
                    y sentirte amado y protegido.

—Lo sé; el único amor que vale es el que te entregan libremente. El amor no se puede aprisionar ni retener, se escapa como el agua entre las manos, pero me ha costado aceptarlo porque da miedo que se acabe.
— ¡Ay, Bandolero, es lo que merecerías por canalla!
—Vale, mi reina  —Tuve que reírme porque me lo había ganado—. Os acompañaré a casa.
— No es necesario, ya estoy en casa –susurró mientras se convertía en agua que se dirigía al río.
Después, nada, el murmullo del Duero. 


Y se convirtió en agua, en agua del río Duero.



Día 8 de agosto. Castillo de Gormaz.

El sol se pone, todavía estoy aquí arriba distraído contemplando la inmensidad de Castilla: un cielo más claro y alto que ninguno; una llanura infinita entretejida de verdes campos y trigales, que mecidos por la brisa, parecen un mar dorado bordado de amapolas; un castillo imponente desde el que un halcón levanta el vuelo y planea hasta el hermoso Duero que me devuelve a mis pensamientos. 

El campamento ya no está, Marisol no ha vuelto y yo le pregunto al río:
—Río Duero, ¿quién era Marisol? ¿Una mujer de agua? ¿Tu alma, río Duero?

Fotografía: Antonio Pulido Pastor
Río Duero. Fotografía de Wikimedia

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Quiero dedicar esta entrada a todos los hombres y mujeres que son maltratados porque sus parejas los consideran objetos de su propiedad, y no comprenden que se puede quebrar a una persona, pero no obligarla a querer. El amor y la voluntad son libres.